Un escalofrío sacudió su cuerpo al oír el sonido penetrante del aullido. La distante llamada en la noche rasgó el velo de lo real adentrándose en lo efímero e insustancial. En el otro lado, el lamento del lobo fue tan sólo el inicio, el guijarro lanzado al medio del estanque, cuyas ondas se extienden sin control.
“Ven”. Voces huecas y frías le llamaban. Eran hilos de telaraña que colgaban de las ramas de los árboles ahora retorcidos como el alma de los que cayeron, hilos que buscaban enredarle, atarle, alzarle para después lanzarlo al abismo.
Él sentía cómo el bosque cambiaba. Notaba la falsa vida que ahora pretendía erigirse como juez y verdugo, sustituyendo la miríada de colores que lo habitaban en la luz por el negro y el rojo de la noche y la sangre. A su alrededor el aire se agitaba inquieto, temeroso. Sus partículas inanimadas se habían vuelto conscientes y con trémulo y nervioso movimiento advertían del peligro que acechaba.
Avivó las llamas de la hoguera a modo de única defensa, intentando que la claridad ahuyentase las voces nocturnas que, a modo de fieras, merodeaban cerca, cada vez más cerca.
No tenía miedo. Estaba allí para encontrarse con ella y el temor era lo último que podía permitirse. Llevaba demasiado tiempo buscándola como para perderla estando tan cerca. Por eso escuchaba los susurros detenidamente, separando los sonidos guturales de los tonos más claros, diferenciando entre hombres y mujeres. También había niños e incluso voces asexuadas que probablemente pertenecieran a horrores, los cuales perdieron su humanidad antaño o quizás descendieron a los infiernos mientras trataban de alcanzarla. Pero no podía huir, no quería huir.
Expectante, miraba alrededor, atento a los movimientos que le rodeaban, escudriñando la maleza y las copas oscuras de los árboles, transformadas en cálices que vertían los efluvios de Muerte y su hermano Sueño, vapores densos con olor y sabor antiguos, mezclados con la niebla y arrastrados en derredor, formando un manto que cubría todo el bosque para que la luz estelar no penetrara en él, excepto en el claro donde se hallaba, esa jaula a cielo abierto en la que estaba voluntariamente encerrado, condenado a perderse, esta vez en el olvido, por ella, quien le había dado y quitado la vida, enseñándole nuevas lecciones mientras le obligaba a relegar lo que sabía a un rincón perdido en el espacio y el tiempo.
“Ven”. Voces huecas y frías le llamaban. Eran hilos de telaraña que colgaban de las ramas de los árboles ahora retorcidos como el alma de los que cayeron, hilos que buscaban enredarle, atarle, alzarle para después lanzarlo al abismo.
Él sentía cómo el bosque cambiaba. Notaba la falsa vida que ahora pretendía erigirse como juez y verdugo, sustituyendo la miríada de colores que lo habitaban en la luz por el negro y el rojo de la noche y la sangre. A su alrededor el aire se agitaba inquieto, temeroso. Sus partículas inanimadas se habían vuelto conscientes y con trémulo y nervioso movimiento advertían del peligro que acechaba.
Avivó las llamas de la hoguera a modo de única defensa, intentando que la claridad ahuyentase las voces nocturnas que, a modo de fieras, merodeaban cerca, cada vez más cerca.
No tenía miedo. Estaba allí para encontrarse con ella y el temor era lo último que podía permitirse. Llevaba demasiado tiempo buscándola como para perderla estando tan cerca. Por eso escuchaba los susurros detenidamente, separando los sonidos guturales de los tonos más claros, diferenciando entre hombres y mujeres. También había niños e incluso voces asexuadas que probablemente pertenecieran a horrores, los cuales perdieron su humanidad antaño o quizás descendieron a los infiernos mientras trataban de alcanzarla. Pero no podía huir, no quería huir.
Expectante, miraba alrededor, atento a los movimientos que le rodeaban, escudriñando la maleza y las copas oscuras de los árboles, transformadas en cálices que vertían los efluvios de Muerte y su hermano Sueño, vapores densos con olor y sabor antiguos, mezclados con la niebla y arrastrados en derredor, formando un manto que cubría todo el bosque para que la luz estelar no penetrara en él, excepto en el claro donde se hallaba, esa jaula a cielo abierto en la que estaba voluntariamente encerrado, condenado a perderse, esta vez en el olvido, por ella, quien le había dado y quitado la vida, enseñándole nuevas lecciones mientras le obligaba a relegar lo que sabía a un rincón perdido en el espacio y el tiempo.

Fantástico relato ;)
ResponderEliminarMuchas gracias.
ResponderEliminarAún falta la segunda parte que espero publicar esta tarde.