miércoles, 23 de diciembre de 2009

Besos de ceniza (y II)

Había llegado al calvero a través de una trocha que continuaba al otro lado de la zona despejada. Su mirada permanecía fija en ella, estudiándola, deseando una señal que le confirmara sus anhelos. Que le permitiera desvanecer el último resquicio de incertidumbre que aún se atrevía a permanecer en su mente. No podía consentírselo, no podía dudar. Había borrado el temor al fracaso en su búsqueda, ahora tenía que eliminar el pensamiento de que no fuese verdad su deseo. La respuesta que disipó este instante tan peligroso para su éxito último llegó con un rayo de luna, que hizo brillar algo a lo lejos en la ruta a seguir. Esbozó una sonrisa esperanzada y se incorporó dispuesto a aceptar el fatal regalo de su amada.

Pausado y firme se adentró nuevamente en la espesura abrumadora y asfixiante en dirección a la suave luz, ignorando las voces que aún lo llamaban, ahora furiosas por la muda ignorancia con la que respondía a sus requerimientos, arrinconándolas junto con el resto del opresivo paisaje amenazante que le circundaba. Sólo existía la tenue claridad que marcaba su meta, el resto eran los colores oscuros de la paleta de un pintor loco, mezclados sin sentido y plasmados en un lienzo viejo, agrietado por las heridas de los siglos.

Llegó a su destino frente a ella. Reposaba en medio del aire, perfecta y etérea como un copo de nieve. Estaba flanqueada por dos troncos curvados de manera inverosímil, retorcidos de un modo tan irreal y verdadero como los habitantes de los sueños. En su madera había rostros congelados en un grito agonizante, en un estertor de pánico, en una mirada lasciva… Pero su amada existía en el mundo aparte que ambos compartían en ese instante. No podía ser una mentira, un espejismo. No ahora.

La túnica inmaculada que cubría su cuerpo era la falsa inocencia que desprendió en su vida, su cabello, leve a su alrededor, eran los lazos que tan fuerte le habían atado a su diosa y sus manos eran las del artesano que, pacientemente y sin descanso, moldearon su alma, haciendo que, desde un trozo de barro húmedo e informe, naciera un ángel caído que jamás holló el Cielo.

Un dilema final cruzó la distancia entre ellos. Besarla era renunciar a toda esperanza, negarse el perdón y la misericordia. No hacerlo era volver a los claroscuros de su anterior existencia, a la nada del día a día, a la seguridad, a la tranquilidad de lo cotidiano, tal vez a la posibilidad de ser. Alguien. Algo. Ser. Recuperar la posibilidad de escoger, de elegir por sí mismo. Convertirse en su propio dios, en su propia ley.


Tal vez sí, tal vez dio dos pasos y se fundieron en un beso amargo y seco. Un beso de ceniza. Sus labios se separaron para dar paso a una carcajada casi demoníaca proveniente de ella, a la que él respondió dulcemente con una sonrisa. La niebla se retiró mansamente y las voces callaron. Los amantes se desvanecieron en un viaje infinito. Una a una, las estrellas recibieron permiso para limpiar con su argéntea luz los restos impuros. Con un último adiós se hizo la calma.

¿O quizás no? Quizás dio dos pasos y se alejó de ella. Sus labios se secaron al renunciar al néctar prometido, quedando sólo el sabor amargo de un beso de ceniza. A su espalda oyó una carcajada casi demoníaca proveniente de ella, a la que él respondió dulcemente con una sonrisa. La niebla se retiró mansamente y las voces callaron. Los amantes se desvanecieron en un viaje infinito. Una a una, las estrellas recibieron permiso para limpiar con su argéntea luz los restos impuros. Con un último adiós se hizo la calma.


A la mañana siguiente lo encontraron muerto junto a un fuego apagado. Una sonrisa esbozada en su rostro, la paz en su mirada y una túnica inmaculada atada a sus manos por un único cabello.

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