No sé cuánto tiempo llevo aquí dentro. Tengo miedo, mucho miedo. No puedo hacer ningún ruido, por eso he tardado tanto en decidir sentarme que ahora mis piernas se quejan. Espero que no se me duerman si intento salir de aquí. En la postura que estoy puedo ver la rendija bajo la puerta. Se ha detenido varias veces delante y no ha abierto. Creo que disfruta torturándome, dejando que oiga sus pasos ir y venir. Joder, tengo dieciséis años y no quiero morir.
He visto muchas películas de terror, las suficientes como para saber que he hecho una estupidez. He pasado por la cocina y no he cogido un mísero cuchillo. En realidad dos, uno grande para enfrentarme a él y uno más pequeño por si me encuentro en un lugar como el que estoy ahora, donde no puedo mover los brazos para blandir un arma con fuerza y solo puedo apuñalar.
¿Ahora qué armas tengo? ¿Un bote de tomate que no puedo tirar con fuerza? Porque he sido tan imbécil como para encerrarme en la alacena. Y él lo sabe. O ella. O eso, porque ni siquiera sé si es humano. Ya no sé ni lo que pienso. Esta larga espera me va a volver loco. Ojalá, quizá así me resulte más fácil encarar mi destino.
Y, como ya he dicho, al final me he sentado para facilitarle más las cosas. En fin. Si finalmente abre la puerta, ¿qué voy a hacer? ¿Morderle los huevos? Soy un cadáver que aún se mueve; lo peor es que parte de mí ya lo ha aceptado.
Hace un rato ha apagado las luces. Como si pudiera asustarme más. Fútil intento. Además, la luna llena atraviesa sin problemas la cortina que cubre la ventana. Si acaso su pálida luminiscencia da un efecto más tenebroso a todo el conjunto. Las sombras se alargan, no veo su final, como tampoco el mío.
¿Me sacará de aquí antes de matarme? No me gustaría cascarla en poco más que un agujero de un metro cuadrado. ¡Ja! ¿Por qué nos preocupamos tanto dónde vamos a morir? Al fin y al cabo, después, exista o no el Cielo, poco nos va a importar.
Pasos. Ahí viene de nuevo.
No puedo evitar un escalofrío, aunque sí consigo no llorar, por mucho que me lo grite el alma, después tendría que sorberme los mocos y haría ruido. No es cuestión de facilitarle más las cosas. Otra parte de mí se centra en contener la vejiga. Tal vez haya una mínima posibilidad de que la puerta permanezca cerrada, tal vez no me ha oído y piensa que nadie sería tan estúpido como para encerrarse en una maldita alacena.
Ahogo un grito a mitad de la garganta cuando giro levemente la cabeza y veo por la rendija la forma de unas botas, con la punta hacia la puerta. ¡Dios mío! Está girado hacia aquí. Algo araña levemente la madera. Un solo sonido, no son uñas, no creo. Parece más bien un cuchillo. Respiro profundamente un par de veces y busco un poco de valor, solo un poco para que me libre de esta parálisis. Cada vez soy más un muerto en vida.
Un plan desesperado brilla en mi cabeza como una luz al final del túnel. Alargo la mano y aferro un bote. La poca luz que entra en la alacena me indica que es de tomate. Sonrío irónico. No creo en la señales pero, dadas las circunstancias, es buen momento para empezar. Cuando abra la puerta le golpearé en una rodilla. Quizá si me impulso e impacto con fuerza en mi objetivo gane dos o tres segundos, lo suficiente para lanzarme fuera de este maldito habitáculo y agarrar algún arma o enarbolar una silla y ganar más tiempo. Luego, ni idea, pero es lo único que puedo intentar. La otra opción es dejar que me destripe. Y no me agrada demasiado, la verdad.
El filo sigue deslizándose por la puerta. Sube y baja, sube y baja. Mi brazo tiembla, tenso, esperando a que suelte el resorte y salte.
Se ha detenido. Ya no hay ruido. Pasos. Alejándose. Relajo el brazo, me duele de haberlo mantenido tan duro. Ahora solo me queda hacer lo que he hecho las últimas horas. Esperar. No me atrevo a salir. ¿Y si todo es una trampa? ¿Y si ha fingido que se alejaba esperando que saliera? No puedo arriesgarme, no de momento. Llevo mucho tiempo aquí dentro, puedo esperar más. ¿Puedes tú, bastardo?
Los minutos pasan. Mi mente está en blanco.
Un portazo. ¿Un portazo? Sea un engaño o no, está demasiado lejos para llegar en cinco segundos. Hago acopio de todas mis fuerzas y me lanzo fuera. Ya me da igual el estrépito. ¿Quieres guerra, cabrón? Pues ven a bailar.
Los segundos pasan, tengo un buen cuchillo en una mano y un machete en la otra.
Los segundos pasan, doy un paso y luego otro.
Me muevo lento por la cocina. Necesito más ángulo para entrever el resto de la casa. No veo nada sospechoso. Aguzo los oídos. Tampoco. Despacio me acerco al interruptor de la cocina y lo enciendo. La luz ilumina parte del pasillo. Me agacho en el umbral dispuesto a saltar. Giro la cabeza hacia atrás. No quiero sorpresas a través de la ventana.
Nada.
Me interno en el pasillo. Vacío. La sala. Lo mismo. ¿Se ha ido? Sigo buscando sin relajarme. Sí, ¡se ha ido! Me lanzo al teléfono y llamo. Cuando contesta mi padre, rompo a llorar. Por si acaso, sólo por si acaso, no suelto el cuchillo.

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