sábado, 14 de enero de 2017

La obra
El cibertesano contemplo su obra moverse. Perfecta. Era una creación perfecta. Cogió la  holografía que le había servido de modelo: una niña sobre un caballo; Laura y Rayo. El tamaño al natural había sido un problema, nunca había creado nada tan grande, pero que los tonos y los ojos fueran fieles y vivos había resultado lo más complejo. Hizo una video-llamada al establo: Rayo volvía a tener a su dueña.

jueves, 29 de diciembre de 2016

Cuatro años

Cuatro años (y medio) sin escribir nada por aquí. Habrá que cambiar la tendencia. Ahora que finaliza el año y toco el turno a los propósitos de 2017 pues me pongo este de, al menos, meter una entrada semanal.
Literatura, cine... Lo que me apetezca, que el blog es mío. ;)



Rojo
En las pequeñas muertes
encuentro la vida
y mi vida es vida
si la acompaña la muerte.
Mi mundo es blanco y negro.
Y rojo.

Mi noche anhela tu sangre,
que se mezcla con la mía
en mitad de esta orgía
que apenas sacia mi hambre.
Mi mundo es blanco y negro.
Y rojo.

viernes, 15 de junio de 2012

Gran noticia

Quiero compartir un momento que me ha traído mucha alegría. Como oí una vez, en estos momentos tengo lospies firmemente asentados en una nube. Acabo de ganar un concurso de relatos de una editorial (Ludotecnia) y no es solo el hecho de ganar en sí, que ya es fantástico, sino que además hay muchas probabilidades de que acabe colaborando con ellos.

http://ludotecnia.blogspot.com.es/2012/06/aqui-estan-estos-son.html

miércoles, 25 de enero de 2012

Frase del día

Leído por ahí, aunque podría aparecer en cualquier película de gángsters:

"Si eres bueno conmigo yo lo seré contigo.
Si te portas mal, seré tu puta peor pesadilla."


miércoles, 9 de febrero de 2011

Una larga espera

No sé cuánto tiempo llevo aquí dentro. Tengo miedo, mucho miedo. No puedo hacer ningún ruido, por eso he tardado tanto en decidir sentarme que ahora mis piernas se quejan. Espero que no se me duerman si intento salir de aquí. En la postura que estoy puedo ver la rendija bajo la puerta. Se ha detenido varias veces delante y no ha abierto. Creo que disfruta torturándome, dejando que oiga sus pasos ir y venir. Joder, tengo dieciséis años y no quiero morir.

He visto muchas películas de terror, las suficientes como para saber que he hecho una estupidez. He pasado por la cocina y no he cogido un mísero cuchillo. En realidad dos, uno grande para enfrentarme a él y uno más pequeño por si me encuentro en un lugar como el que estoy ahora, donde no puedo mover los brazos para blandir un arma con fuerza y solo puedo apuñalar.

¿Ahora qué armas tengo? ¿Un bote de tomate que no puedo tirar con fuerza? Porque he sido tan imbécil como para encerrarme en la alacena. Y él lo sabe. O ella. O eso, porque ni siquiera sé si es humano. Ya no sé ni lo que pienso. Esta larga espera me va a volver loco. Ojalá, quizá así me resulte más fácil encarar mi destino.

Y, como ya he dicho, al final me he sentado para facilitarle más las cosas. En fin. Si finalmente abre la puerta, ¿qué voy a hacer? ¿Morderle los huevos? Soy un cadáver que aún se mueve; lo peor es que parte de mí ya lo ha aceptado.

Hace un rato ha apagado las luces. Como si pudiera asustarme más. Fútil intento. Además, la luna llena atraviesa sin problemas la cortina que cubre la ventana. Si acaso su pálida luminiscencia da un efecto más tenebroso a todo el conjunto. Las sombras se alargan, no veo su final, como tampoco el mío.

¿Me sacará de aquí antes de matarme? No me gustaría cascarla en poco más que un agujero de un metro cuadrado. ¡Ja! ¿Por qué nos preocupamos tanto dónde vamos a morir? Al fin y al cabo, después, exista o no el Cielo, poco nos va a importar.

Pasos. Ahí viene de nuevo.

No puedo evitar un escalofrío, aunque sí consigo no llorar, por mucho que me lo grite el alma, después tendría que sorberme los mocos y haría ruido. No es cuestión de facilitarle más las cosas. Otra parte de mí se centra en contener la vejiga. Tal vez haya una mínima posibilidad de que la puerta permanezca cerrada, tal vez no me ha oído y piensa que nadie sería tan estúpido como para encerrarse en una maldita alacena.

Ahogo un grito a mitad de la garganta cuando giro levemente la cabeza y veo por la rendija la forma de unas botas, con la punta hacia la puerta. ¡Dios mío! Está girado hacia aquí. Algo araña levemente la madera. Un solo sonido, no son uñas, no creo. Parece más bien un cuchillo. Respiro profundamente un par de veces y busco un poco de valor, solo un poco para que me libre de esta parálisis. Cada vez soy más un muerto en vida.

Un plan desesperado brilla en mi cabeza como una luz al final del túnel. Alargo la mano y aferro un bote. La poca luz que entra en la alacena me indica que es de tomate. Sonrío irónico. No creo en la señales pero, dadas las circunstancias, es buen momento para empezar. Cuando abra la puerta le golpearé en una rodilla. Quizá si me impulso e impacto con fuerza en mi objetivo gane dos o tres segundos, lo suficiente para lanzarme fuera de este maldito habitáculo y agarrar algún arma o enarbolar una silla y ganar más tiempo. Luego, ni idea, pero es lo único que puedo intentar. La otra opción es dejar que me destripe. Y no me agrada demasiado, la verdad.

El filo sigue deslizándose por la puerta. Sube y baja, sube y baja. Mi brazo tiembla, tenso, esperando a que suelte el resorte y salte.

Se ha detenido. Ya no hay ruido. Pasos. Alejándose. Relajo el brazo, me duele de haberlo mantenido tan duro. Ahora solo me queda hacer lo que he hecho las últimas horas. Esperar. No me atrevo a salir. ¿Y si todo es una trampa? ¿Y si ha fingido que se alejaba esperando que saliera? No puedo arriesgarme, no de momento. Llevo mucho tiempo aquí dentro, puedo esperar más. ¿Puedes tú, bastardo?

Los minutos pasan. Mi mente está en blanco.

Un portazo. ¿Un portazo? Sea un engaño o no, está demasiado lejos para llegar en cinco segundos. Hago acopio de todas mis fuerzas y me lanzo fuera. Ya me da igual el estrépito. ¿Quieres guerra, cabrón? Pues ven a bailar.

Los segundos pasan, tengo un buen cuchillo en una mano y un machete en la otra.

Los segundos pasan, doy un paso y luego otro.

Me muevo lento por la cocina. Necesito más ángulo para entrever el resto de la casa. No veo nada sospechoso. Aguzo los oídos. Tampoco. Despacio me acerco al interruptor de la cocina y lo enciendo. La luz ilumina parte del pasillo. Me agacho en el umbral dispuesto a saltar. Giro la cabeza hacia atrás. No quiero sorpresas a través de la ventana.

Nada.

Me interno en el pasillo. Vacío. La sala. Lo mismo. ¿Se ha ido? Sigo buscando sin relajarme. Sí, ¡se ha ido! Me lanzo al teléfono y llamo. Cuando contesta mi padre, rompo a llorar. Por si acaso, sólo por si acaso, no suelto el cuchillo.

martes, 25 de mayo de 2010

Ellas
Las oigo. En las paredes. En el suelo. Sí, incluso en el techo. Sus patitas, pequeños punzones que arañan, clavan y se arrastran chirriantes. No las veo, se han comido la luz y sus ojos, sus ocelos, no brillan bajo el único rayo argénteo que osa penetrar este cuarto, convertido en su santuario. Ni siquiera las distingo entre ellas pues son un manto negro devorador de todo, un manto que me cubre, una capa de mandíbulas que muerden y desgarran. No puedo huir. ¿A dónde? Aun así, intento incorporarme y su peso me aplasta. No tengo fuerzas pues parte de mí ya está en ellos. Me gustaría gritar pero parte de ellas ya están en mí.

Renegar del cuervo
"Vete", dije al cuervo. "Sé que quieres destruirme; vete", le espeté de nuevo. "Nunca más", graznó y batiendo sus alas de azur y azabache me abandonó. Si he de tomar la decisión, la tomaré yo solo, mirándome a un espejo donde recordar cómo era, cómo soy. Viajar al otro lado, donde me confunda y cambie con mi otro yo y el cuervo blanco me ayude a vivir y grite "siempre, siempre".
Las telarañas de mis sueños de vigilia me aprisionan. Su recuerdo teje mi celda: Leonor. Nadie más. Nunca más. ¡NO! Vete, vete cuervo de mi memoria, vete de mis entrañas. No he de refugiarme bajo tu regazo de noche suave ni abandonarme a tu salmodia. Mi butaca, dónde, he de sentarme, reconfortarme. Cerrarme, Soñar. Leonor, Leonor... Despierto al alba de una nueva mentira. Abriré la ventana y volaré más alto que él y te alcanzaré. Mi amor, mi muerte.